Cuando abro la ventana de esta casa —la de mi amiga, en este edificio al que llaman
“el de los escritores”— veo el bosque inclinarse con el viento, como si se tratara de una
respiración antigua. Y en ese vaivén, inevitablemente, vuelvo al 2017.
Aquel octubre, aquel noviembre en Alemania, cuando todo parecía estable, sereno,
previsible. Cuando mi vida tenía un rumbo claro y tú caminabas a mi lado, empujando
suavemente mi destino con tus manos cálidas y tus silencios inteligentes.
Hoy, desde esta ventana de Sofía, escribo para no perderme.
Escribo porque fue una promesa.
Una promesa que te hice cuando ya sabíamos, los dos, sin decirlo, que el tiempo se nos
acortaba por momentos. Tú me miraste —como quien no quiere mostrar miedo— y me
dijiste que siguiera escribiendo pase lo que pase. Que era ahí donde mi alma se hacía fuerte.
Y aquí estoy, cumpliendo.
Con este otoño que me atraviesa como lo hacían nuestras caminatas por los bosques
alemanes, los lagos, la nieve que se quedaba suspendida en el aire como si quisiera
fotografiar el instante para siempre.
Ahora que tú ya no estás físicamente, descubro algo que nunca imaginé:
que tu presencia es más inmensa que antes.
Que caminas conmigo desde otro lugar.
Que cuando me siento caer, me empuja tu ternura, tu forma tan tuya de sostener sin
invadir, de hablar con pocas palabras, pero con la intensidad justa para enderezar mi
mundo.
Es cierto, la herida está abierta.
Sangra algunos días. Duele todos.
Pero también late.
Y en ese latido hay amor, hay memoria, hay futuro.
Porque si algo me enseñaste es que la vida sigue moviéndose, aunque uno crea que
quedó detenido. Que hay que continuar, no para olvidar —eso sería imposible— sino para
honrar.
Escribo estos recuerdos porque son lo que me queda, lo que me ancla y al mismo
tiempo me impulsa. Siento tu canción, En el ojo del huracán, como si cada acorde me
envolviera. Me veo dentro de ese torbellino que describiste, donde la fuerza quiere
arrastrarte, pero en el centro —en ese ojo de calma que tú tan bien conocías— hay un
silencio sagrado.
Ahí estoy yo.
Ahí estás tú.
Ahí seguimos encontrándonos.
Este otoño en Bulgaria tiene algo de presagio y de renacimiento.
Tiene la melancolía de lo que se perdió, pero también la belleza de lo que permanece.
Y aunque ya no tengo un “nuestro” en presente, tengo un “nuestro” eterno, grabado en
cada viaje, en cada guitarra, en cada mirada, en cada proyecto compartido, en cada
aprendizaje.
Y anoche —un jueves cualquiera de este otoño en Sofía, pero también una noche
distinta a todas— viví algo que aún me late en el pecho. Iván me había invitado a verlo
tocar en el Live Club, y por supuesto que fui. No sólo para acompañarlo, no sólo para
escuchar su música, sino porque sé, con absoluta certeza, que a su padre le habría gustado
verme allí, entre las luces tenues y el murmullo previo al primer acorde.
El concierto fue magnífico, lleno de energía, talento y esa fuerza interior que Iván
heredó sin siquiera saberlo. Pero para mí significó algo más que un espectáculo: fue como
abrir por unos instantes una puerta invisible hacia aquello que perdí y que, sin embargo, me
sigue sosteniendo. Mientras lo veía tocar, mientras la música vibraba en las paredes del
local, sentí que Danko estaba presente, discretamente, como solía hacerlo en vida:
acompañando sin hacer ruido, orgulloso sin necesidad de palabras.
Y al final, cuando los aplausos se apagaron y las luces se suavizaron, Iván se acercó
y me abrazó.
Un abrazo fuerte, sincero, de esos que no dicen “gracias por venir”, sino algo mucho más
profundo.
En su mirada lo entendí todo.
En el calor de nuestros brazos rodeándose comprendí que los dos estábamos sintiendo lo
mismo: que en ese instante éramos tres.
Que él también sintió a su padre allí.
Que los silencios de la música hablaban en su nombre.
Que ese abrazo llevaba el peso del amor y la ausencia, pero también la luz de todo lo que
permanece.
Y supe —con esa certeza que no necesita pruebas— que Danko, desde donde esté,
sonrió al vernos así: unidos, sostenidos, fuertes dentro de la fragilidad.
Vivos dentro del huracán.
Hoy miro hacia adelante y veo a mis hijos —nuestros hijos— brillando, avanzando,
construyendo vida. Ellos son la continuación de esto que fuimos.
Ellos son la prueba de que las almas gemelas no terminan, se transforman.
Y así, entre el olor a hojas secas, la luz tenue de las cuatro de la tarde y este teclado que late
al ritmo de mi corazón, sigo caminando.
Jeannette
Sofía, otoño 2025
