Era un domingo de marzo, para ser exactos, era el día 17 de marzo de 2024. No sería
un domingo cualquiera, se convertiría en una fecha señalada, de aquellas que recuerdas toda
la vida o mientras la memoria te lo permita.
Estábamos prácticamente casi en época de primavera, a sólo unos pocos días para
que sea oficial la estación primaveral; pero desde luego que para mí especialmente ese día fue
una fiesta de las grandes en primavera, llena de sensaciones increíbles, emociones a flor de
piel, risas, abrazos, llanto, en fin, pura vida.
Mi marido y yo teníamos una invitación, asistir a una fiesta de cumpleaños de una
querida y buena amiga, se llama Vilma. Ella con bastante antelación nos había dicho de su
intención de celebrar su cumpleaños rodeada de sus seres queridos, familiares y amigos. Por
suerte estábamos dentro de sus elegidos. La fiesta se celebró en un huerto urbano que tiene
su hermano Humberto, en la localidad de Cornellá de Llobregat.
Llegamos alrededor de las 13 horas, ya estaban varios de los asistentes, empezamos
con los saludos protocolarios, intercambiando los comentarios habituales en estos casos.
Humberto muy amable nos empezó a enseñar el huerto, explicándonos cada detalle, cómo
empezó todo, el trabajo y tiempo que había invertido para dejarlo como ahora lo veíamos.
Realmente un huerto urbano muy bien acondicionado, con zonas muy variadas: desde lo que
sería un huerto en sí, con tomates, lechugas, pepinos, etc.; pasando por una zona de
esparcimiento que habían techado de forma muy decorativa, con suelo de césped artificial,
unas mesas y sillas bien distribuidas, acogedor espacio.
La verdad es que pasamos unas horas muy divertidas, hasta bailamos; el ambiente era
festivo y creo que mi amiga Vilma estaba feliz. ¡Siempre es una alegría poder celebrar la vida!
Después teníamos otra invitación, de mi hija Carla. Nos había dicho para ir a comer
a mediodía, pero como ya teníamos el otro compromiso del cumpleaños, nos dijo entonces
de ir a merendar a su casa.
Llegamos puntuales a las diecisiete horas junto con mi padre y el padre de mi hija, a
quienes habíamos pasado a recoger previamente. El único miembro de la familia que no
pudo asistir fue mi hijo Sergio. Realmente hubiera sido increíble haber podido estar todos,
aquella inolvidable tarde y ahora entenderéis el por qué.
Mi hija y su marido habían preparado todo con mucho esmero, como siempre.
Estábamos todos alrededor de la mesa dispuestos a degustar y compartir una
entrañable merienda en familia, como solemos hacer y siempre nos llevamos el buen sabor
de boca, de haber tenido tiempo para nosotros; la familia es nuestra principal fuente de
inspiración y energía.
La decoración de la mesa, los detalles propios de Carla, la amabilidad del buen
anfitrión que es el Xavi, todo invitaba a pasar una tarde estupenda; pero ninguno de los
presentes, excepto los anfitriones podíamos sospechar que nos llevaríamos una alegría más
allá de lo descriptible.
Al cabo de un rato, Carla empezó a hablar que el día del padre estaba muy próximo;
efectivamente el día 19 de marzo se celebra en España ese día, coincidiendo con la festividad
de San José. Hizo una breve introducción para advertirnos que, ya que estábamos todos
reunidos y que el martes sería un día laboral, había pensado en adelantar el regalito por el día
del padre a los presentes.
En ese momento tampoco ninguno podíamos intuir a qué regalo se refería, pensé
que seguramente le tenían algo especial a Juan.
Con su sonrisa y gracia características, Carla empezó a ponerse en pie y dirigirse a
una habitación en busca del regalo. Le entregó el paquete bien envuelto a su padre y entre
todos aplaudíamos para que lo abriera en ese instante; toda la atención se centró en aquel
envoltorio.
Juan, poco a poco fue descubriendo lo que había dentro; comenzó quitando el papel
de regalo, luego abrió con mucho cuidado la cajita y de pronto empezó a soltar carcajadas,
entre alegría y nerviosismo. Destapaba y tapaba la cajita en varias ocasiones, acompañada de
su risa y también alguna lágrima que disimulaba. Nos preguntó que si sabíamos lo que era.
Entonces di un salto de la silla y también entre mi risa nerviosa y las lágrimas de la inmensa
emoción, empecé a decir que sí sabía de qué se trataba.
Y Juan seguía entre sollozos y risas, abriendo y tapando esa misteriosa cajita, que nos
llenó de inmensa felicidad a todos.
Carla le preguntó: ¿Recuerdas qué me pediste que te regalara por el día del padre?
A lo que Juan respondió: “Que me hagas abuelo”.
Empezamos a abrazarnos todos, entre lágrimas de emoción, sonrisas, un instante de
vida nunca mejor dicho. Era la forma más delicada de anunciarnos el embarazo.
Ese momento lo llevaremos siempre en nuestro recuerdo, los rostros de cada uno de
los que tuvimos el honor y la dicha de ser testigos de algo tan único.
Guardo aquella imagen como una instantánea o como una película corta pero intensa;
con el fondo del atardecer de aquel hermoso diecisiete de marzo de dos mil veinticuatro;
alrededor de las seis de la tarde, desde una sexta planta con grandes ventanales, la música de
fondo eran nuestras risas, los abrazos sinceros y las miradas llenas de amor de cada uno. La
mirada de los futuros papás, de los futuros abuelos, del bisabuelo que con sus noventa y
cuatro años estaba allí disfrutando de esa emoción y la serena, pero profunda mirada de
Danko, cargada de emoción.
No hay palabras que hagan sentir lo que vivimos aquél maravilloso día.
Jeannette
Barcelona, 17 de marzo de 2024.
